sábado, 31 de marzo de 2007

Cartas de amor

Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho.

Jean Jacques Rousseau

He escrito dos en mi vida. Me confieso así ingenua. Ambas quedaron como recordatorios de amores fallidos.

La primera fue un grito anónimo que quedó sin respuesta. El género neutro fue mi cómplice y me acompañó en cada palabra, de tal manera que mi honestidad y mi reputación quedaron intactas a la misma vez.

Firmé con mi primera dirección de correo electrónica, y así de ilusionada estaba que yo, que mi contraseña fue su nombre, el de la chica del olor a fresa.

En la espera de una respuesta que nunca llegó, después de más de diez clicleos diarios en mi bandeja de entrada, y más horas de navegación que Popeye, conocí a la segunda destinataria de las dos únicas cartas de amor que he escrito y escribiré.

Tenía la cara cuadrada, un tatuaje que decía Studioworks 454v y jerga venezolana. Era blanca o beige dependiendo del puesto que alcanzara en el cyber.

Viví un año y medio con el corazón colgado en el messenger, y los dos muñequitos que giran ya me hablaban de tú y me preguntaban por la familia.

Mi paisaje se adornaba de montones de papeles acumulándose en mi escritorio, y mi sol y mi luna eran las luces fluorescentes que se asomaban por las rejillas de aluminio.

Cuando la distancia redundó en separarnos, dejé mi corazón impregnado en una carta. Aún tengo la esperanza de que la conserve entre mi disco de Juan Fernando Velasco y el recuerdo de alguna de sus llamadas de media noche.

Yo era más joven, más desesperanzada, más perdida y ella fue mi brújula. Esa carta fue un intento resignado por no perderla.

Le conté lo que significaba para mí, lo perdida que había estado antes de conocerla, le conté de mis miedos, por supuesto sin contárselo a ella, sino como escribo este post, con un "a quien interese" imaginario precediéndolo. La finalicé con un "ayúdame a terminar esta historia", ella dijo que se acabaría en algún momento, pero nunca miró atrás.

No creo que vuelva a escribir cartas de amor. No funcionan para mí. Ahora creo firmemente en que ser "grande" implica decir lo que quieres cara a cara y estar tan preparado para un no como para un sí. El problema radica cuando obtienes un tal vez.

viernes, 30 de marzo de 2007

Un placer divino

Una mujer baña mi lecho,
lo perfuma,
ese aroma manso que
desea,
perfume que baila en el
aire.
Óscar Bringas Arroyo

Es mejor que el olor a tierra mojada al amanecer. Mejor que el olor del campo y que ese olor a la casa en que viví en mi infancia. Mejor que el aroma del café y las galletas saladas, de los que nos atiborrabamos mi hermana y yo cuando ella estaba a mi cuidado.

El olor de una mujer para mi es el perfume más delicioso del mundo. No hay Channel Nº 5, ni 212 de Carolina Herrera, ni Hugo for women, que puedan igualar esa sensación de calidez, de dulzura y de sensualidad, todo a la misma vez.

Hace un tiempo conocí a una de quien nunca pude saber su olor natural, oculto entre uno de esos perfumes con nombre de mujer que jamás podrán igualar el aroma de un cuello femenino, delicado, y centro de un sin fin de emociones buscando ser desatadas. Mi deseo de oler su ser se quedó embotellado en mi nariz solitaria.

El olor a fresa dulce me recuerda a la primera vez que estuve loca e insensatamente flechada por alguien. El año en que, sin importar lo que estuviese haciendo, me paralizaba con ese único aroma. La respiración trunca, la sonrisa espontánea, el mutismo involuntario, y por dentro la sensación de bienestar que me invadía y se desbordaba.

Probablemente mi fascinación por el olor de las mujeres nació en el olor de mi propia madre. Cuando aún yo era la niñita de mamá y no nos habían distanciado mis hormónas y mi desesperada necesidad de un poco de libertad.

Lo bueno es que el mundo entero es un jardín donde llenarme de vida al inhalar, y donde respirar se convierte en mi placer privado.